Tengo 29 años.

Cuando tenía 18 recién cumplidos tuve una pareja que quiso controlar mis amistades. Que no quería que fuese a clase o saliese con otros chicos. Que me hacía sentir mal por lo que quería hacer o por lo que pensaba.

Me han seguido por la calle. Me han cortado el paso uno o varios hombres para decirme obscenidades. Me han gritado desde coches. Me han acosado en el metro o el autobús.

Me han gritado «puta», «estrecha», «creída», «zorra», y mucho más, cuando he declinado una oferta o he contestado a un comentario grosero sobre mi persona o mi físico.

Me han manoseado e intentado tocar en bares y discotecas. Se me han arrimado más de la cuenta en el súper, por ejemplo, delante de mi pareja, o viajando en transporte público. Y me han llamado loca cuando he pedido explicaciones.

Hace unos años, en Plaza España (Madrid) unos chicos me pusieron una navaja en el cuello y me llevaron detrás de unos arbustos. Me ayudó un taxista que estaba allí parado y lo vio. Me llevó a casa sin cobrarme el viaje y esperó en la puerta a que entrase en el portal.

Más de una y de diez veces, cuando he vuelto a casa sola en taxi el taxista —hombre o mujer— se ha quedado esperando a que entrase en casa «para asegurarse que llegaba bien».

Me han acosado por teléfono, en las redes sociales y por correo electrónico, personas conocidas y extraños. Por mi foto de perfil, porque sí. Porque han creído que tenían derecho a hacerlo y a incomodarme de ese modo.

He hecho ver que hablaba por teléfono cuando he vuelto sola a casa. Entre las amigas nos decimos ‘avisa cuando llegues’ cuando nos despedimos. He ido con las llaves en la mano como un puño americano cuando me ha parecido que me estaban siguiendo o me decían cosas mientras caminaba. Me ha dado miedo volver sola a casa.

Alguna vez he pensado que con la ropa que llevaba puesta a lo mejor llamaba la atención y me he cambiado antes de salir de casa. Algo que no volveré a hacer jamás.

He visto cómo el gobierno de mi país intentaba decidir por mí sobre mi cuerpo y sobre cómo y cuándo debo reproducirme. He visto cómo el gobierno de mi país intentaba convertir en delito mi libre albedrío.

Me han llamado feminazi por compartir noticias y opiniones. Me han eliminado de Facebook por compartir noticias y no callarme ante comentarios tipo «Los hombres también. Las denuncias son falsas. Sois unas exageradas. Eso no es acoso, es un piropo. No todos los hombres. Las mujeres tenéis muchos más derechos. La violencia no es machista, es que ese hombre está loco, pero no tiene nada que ver en esto que la víctima sea mujer. Y muchas más».

Me han dicho que por ser una chica joven, guapa y pequeñita no me iban a tomar en serio nunca en el mundo laboral. Me han dicho que si me gustaba el maquillaje no podía ser buena profesional. Han menospreciado mi trabajo por ser mujer. He cobrado menos por desempeñar el mismo trabajo que mis compañeros hombres. No se me ha dado permiso para ir al baño para hacer mis necesidades en horario de trabajo, pero sí cuando lo he pedido para retocarme el maquillaje.

Tengo 29 años y he vivido todo eso. Seguro que muchas de las mujeres de mi Facebook pueden decir algo parecido o han tenido experiencias similares.

1 de cada 3 mujeres en España ha sido víctima de violencia machista. 40 mujeres han sido asesinadas en lo que va de 2016 por sus parejas o exparejas. El presupuesto para defender a las víctimas de la violencia de género ha descendido en la última legislatura. Las órdenes de alejamiento han disminuido. Las juezas preguntan «si cerraste bien las piernas». Menos del 1% de las denuncias por violencia de género resultan ser falsas.

25 de noviembre, Día Internacional contra la violencia de género. Porque TODAVÍA HACE MUCHA FALTA.

NOTA: Este texto lo escribí el 25 de noviembre de 2016, como mi particular ‘homenaje’ contra el Día Internacional contra la violencia de género. Lo subí a mi Facebook, como algo para mí, para desahogarme, pero me pidieron que lo pusiese público para compartirlo. Se compartió más de 450 veces. Tuvo un montón de comentarios: la mayoría de mujeres que se sentían identificadas, que habían vivido experiencias similares o que compartían las suyas. Muchos hombres que alucinaban, que decían que habían abierto los ojos. Otros que sabían también de lo que hablaba, porque son padres, hermanos, maridos. Solo hubo un comenatrio negativo: de una mujer que me acusaba de creerme el ombligo del mundo. Hay que joderse.

Hoy lo subo al blog, para que no quede en el olvido del mar de publicaciones que es un muro de Facebook.

 

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